
No es posible comprender el amor sin la Historia y su contexto. La línea del pasado persigue nuestros trazos y le da forma a nuestras expresiones amorosas. A veces se conjuga con las vivencias de hoy, a veces borra las memorias, especialmente cuando hemos sido marcados por la violencia de la guerra.
Es que si hiciéramos un recuento histórico cada vez que nos enamoramos, talvez acabaríamos aburridos, sin inspiración y desorientados. Sin embargo, podría ocurrir diferente si nos damos cuenta que aún vivimos en conflicto. ¿Cómo la guerra transformó el amor en Nicaragua?
Los relatos amorosos describen los tiempos de guerra en nuestro país, entre posiciones y sentimientos antagónicos, resumidos en lucha y desesperanza. Esto significa que mientras todo comenzaba a estallar, la base del amor en las relaciones de pareja se desestructuró de forma abrupta debido al llamado de la patria, pidiendo a la vez sacrificar la estabilidad personal en su nombre.
Rápidamente, el amor sentimental fue sustituido por el amor patriótico y las familias nicaragüenses simplemente entraron en pánico, puesto que la guerra trajo consigo eventos inminentes, cargados de simbolismos históricos. Uno de ellos fue la separación de las familias y las parejas, cuya imagen es casi siempre representada por despedidas masivas entre llantos y desesperación.
Una imagen que además ha sido popularizada por mucho tiempo, como el momento más glorioso y emotivo de la partida, cuando talvez se acerca más a un momento desgarrador y lleno de incertidumbre. Como una forma de combatir la angustia, debieron surgir iniciativas para asegurar la continuidad de la vida y el futuro. No fue necesario tener tanta imaginación para saber que una de las formas de lograrlo, era procreando.
Desconozco los registros estadísticos de los nacimientos durante tiempos de guerra en Nicaragua, pero las historias personales relatan un aumento significativo de embarazos, posteriores a las dramáticas despedidas. El matrimonio como ritual, también fue parte de la inmortalización del amor, mucho más de lo que es ahora, dadas las circunstancias ansiosas.
La novia aparentemente se restaba carga emocional adquiriendo un estatus de esposa o de madre, al mismo tiempo que obtenía la pseudotranquilidad de no ser sustituida en la distancia. Podría decir que algo muy similar le ocurría al novio, cuyo temor a ser sustituido se veía más aplacado con la procreación.
Una vez sentadas las condiciones para sobrevivir a las ausencias, el amor debió comenzar a adoptar otras manifestaciones. Para quienes partieron, los sentimientos románticos se convirtieron en ideologías, cohesión y lealtad grupal, entrega a la nación. Para quienes se quedaron, dichos sentimientos significaron una familia que cuidar y a la cual proveer.
En menor escala, quienes no querían sacrificar una posición por otra, optaron por partir juntos y trasladar el amor al terreno de combate, talvez para garantizar una unión verdadera.
Aunque nunca se sabe cuánto puede durar una guerra, cualquier tiempo en que se desarrolla parece una eternidad, pero sí sabemos que los resultados de la misma son devastadores. Una vez que todo termina, ¿el amor se reencuentra? Y si lo hace, ¿sobre qué base se apoya? La patria, ¿cómo repara las fracturas del amor después de tanta violencia?
Si la creencia de que el tiempo cura todo fuera suficiente, me sentiría feliz de decir que hoy podemos vivir el amor sin miedo a separarnos, a ser sustituidos en la distancia, a morir o a quedarnos solos y hacernos cargo de todo. Pero siento que no es así. Aún hay quienes se van y no regresan, se separan y no se reencuentran, se fracturan y no se reparan. Entonces, ¿la guerra ya terminó?