La difícil situación económica que enfrentaban en sus hogares obligó a un grupo de mujeres, en la comunidad de «El Palmar» ubicada en el departamento de Rivas, a iniciar un arriesgado negocio: viajar a vender diversos productos a Costa Rica, de forma ilegal, lo que les ha permitido salir de la pobreza extrema en que vivían.

Son las 7 de la mañana, es sábado y aún se siente el frescor por la lluvia nocturna. El cielo está nublado y doña Martha Guevara junto a su hermana María, ambas originarias de la comunidad «El Palmar», municipio de Tola en el departamento de Rivas, ya llevan recorrido 60 kilómetros en bus con dirección a Peñas Blancas la frontera entre Nicaragua y Costa Rica.
El viaje dura hora y media. Por fin llegan a la frontera y se bajan del bus cargando un saco cada una. Uno de los sacos está lleno de verduras: pipianes, chayotes, limones, plátanos maduros y pepinos. El otro tiene comida típica: tamales pisques, yoltamales, cebada, rosquillas y un nacatamal que será el almuerzo para ambas.
Las hermanas Guevara van como de costumbre a vender al municipio «La Cruz» en Costa Rica, que se ubica a 15 kilómetros de la frontera de Peñas Blancas. Junto a ellas, van otras 30 mujeres. Todas sobreviven de la venta de verduras, ropa, calzado, plantas para jardín e incluso muebles típicos de maderas originarios de Masaya.
Martha tiene 34 años, es alta, morena, ojos color café, está casada y es madre de 4 hijos. Su esposo es albañil por oficio y ocasionalmente trabaja, por lo que desde hace 4 años ella empezó a viajar a Costa Rica para contribuir con la economía familiar.
«Desde que voy a vender ayudo a mantener el hogar. He ayudado a mejorar la casa, en los estudios de mis hijos, con la comida», cuenta sonriente.
La pionera
Doña Yery Espinoza tiene 55 años de edad y es originaria de la Comunidad de «La Providencia» a solo 1 kilómetro de la Comunidad «El Palmar». Viaja para vender desde hace 35 años.
«Inicié a venir a vender con pasaporte hace más de 30 años, la visa era barata, en ese entonces era mejor porque pagábamos póliza que eran 500 colones, pero salía mejor, así uno no le pagaría a los coyotes», cuenta mientras la acompañamos a cruzar la frontera por veredas.
Al municipio de «La Cruz» van a vender personas de todas las edades y de diversos departamentos de Nicaragua. Además de las mujeres que van entre los 20 y 60 años de edad, los niños también llegan a vender. Mientras atravesamos la frontera, nos encontramos a un niño de 12 años tratando de cruzar la frontera, con una pana llena de espumillas en el hombro.
De las mujeres de la comunidad «El Palmar», Agustina Ruíz de 54 años fue la primera en ir a vender a Costa Rica. Ella viajaba los fines de semana a ver a sus hijos que trabajan en Alajuela desde hace más de una década. En sus idas y venidas de un país a otro, Agustina encontró empleo como empleada doméstica en Costa Rica. Con el tiempo descubrió era más rentable ir y volver.
Mujer sujeto y no objeto
Desde el enfoque de género cuando las mujeres a nivel urbano o rural tienen independencia económica son capaces de transformar su entorno social.
«La independencia económica hace que las mujeres avancen más rápido en su autonomía, en su ‘empoderamiento’ porque si un ser humano ya sea mujer u hombre es dependiente económicamente tiene menos libertad, no puede tomar decisiones ni de su propia vida», explica la máster Ligia Arana, Directora del Programa Interdisciplinario de Estudios de Género de la Universidad Centroamericana (UCA).
Urania Alvarado de 34 años es madre de 3 hijos y también vive en «El Palmar». Desde hace 2 años inició a viajar a «El Jobo» una comunidad del municipio de «La Cruz» en Costa Rica.
«Al principio me iba mal porque no tenía clientes, y de los 300 pesos que invertía no traía nada, pero al siguiente día recogía lo que dejé fiado y dejaba los otro 300. Conforme se van haciendo clientes, el negocio va creciendo» dice con toda la seguridad que deja ser experta en el negocio.
Urania explica que sus esfuerzos han valido la pena porque se ha podido apropiar de algunos electrodomésticos que le facilitan sus actividades en el hogar.
«Aquí está mi lavadora. Yo decía: ¿qué cuando iba a tener una lavadora?, si eso era carísimo, no estaba a mi alcance. Y ahora gracias a Dios y a este negocio la logre comprar», cuenta Urania mientras echa la primera tanda de ropa a la lavadora.
Según Arana, este espíritu emprendedor es parte de las transformaciones que enfrenta la sociedad, en la que la mujer puede trabajar con libertad ya que se ha reconocido que es una importante aportadora de riqueza a la economía y al Producto Interno Bruto (PIB) de un país.
«Cuando se habla de un desarrollo sostenible no se puede obviar el aporte que hacen las mujeres, ya las mujeres son sujetas económicas y no objetos. Se están reconociendo como protagonistas, como productoras», sostiene Arana.
Sandra es otra vendedora, comenzó en este negocio hace 3 años. Desde entonces ha mejorado su nivel de vida. «La alimentación no nos falla como antes», asegura con mucha felicidad en su rostro y agrega que ha logrado construir 2 cuartos en su casa, gracias a los ingresos que le generan las ventas en Costa Rica.
En su hogar antes no tenía ningún electrodoméstico. Hoy en su casa se ve un televisor, una radiograbadora y abanicos. También, ha dejado de cocinar en fogón, porque ahora tiene una cocina de gas y puede pagar el servicio de agua potable y energía eléctrica. El orden de prioridades es discutible.
«Yo echaba tortillas y no me ajustaba para el sustento de mis chavalos, ni para la luz ni el agua» explica Sandra.
Inmigrantes en Costa Rica
Como todo indocumentado estas vendedoras se enfrentan a muchos peligros, tanto al cruzar la frontera como en los pueblos donde venden sus productos.
Para cruzar la frontera entre Nicaragua y Costa Rica existe 1 kilómetro de distancia yendo por veredas. En este trayecto se aprecian a hombres que trabajan en fincas con ganado vacuno, los famosos «coyotes» e incluso delincuentes que fijan como presa a los indocumentados.
Mientras hacen el recorrido para cruzar la frontera, es evidente el miedo en sus pasos por el riesgo a ser detenidas y perder sus mercancías. -«¿Ya pasó la patrulla?», preguntan con frecuencia a sus clientes.
A eso de las 2 de la tarde, ya casi terminan de vender. Todo ha transcurrido con normalidad. Martha y María conversan mientras caminan hacia otro barrio al norte del Municipio «La Cruz».
-«¡Allá viene [la patrulla migratoria]!», exclama de pronto María en una calle de «La Cruz».
-«¡Apurémonos! Ojalá logremos llegar a donde aquellas mujeres», responde Martha, mientras apresura el paso.
Todo fue un susto. La patrulla que se aproximaba dobló en otra calle que va hacia la carretera panamericana. Ellas continúan vendiendo, aunque todavía no se les normaliza el ritmo cardíaco. Transcurren unos 10 minutos, han avanzado tres cuadras de donde pasaron su primer susto, cuando nuevamente se escucha a María:
-¡Ay Dios! ¡Ahora sí nos agarraron! ¡Vienen de frente Martha!
-¡Entren al garaje. Escóndanse detrás del carro!, dice un joven que está sentado en la acera de una casa.
Ellas inmediatamente, con disimulo pero a paso ligero, entran al garaje y se esconden detrás de un microbús. De no ser por la gentileza de este joven la Policía Migratoria costarricense las hubiese detenido, y decomisado sus productos. No sería la primera vez. «Ahí nos sacan a la hora que quieren. Una vez nos dijeron que nos iban a sacar a la media noche, pero gracias a Dios nos sacaron a las 8 de la noche», recuerda Martha.
Al respecto Urania cuenta que otro de los riesgos que se viven en Costa Rica es «que en el taxi donde viajamos sufra un accidente, y parte sin novedad porque no tenemos seguro».
Recuerda que «un 14 de septiembre los niños [sus hijos] iban a ir a marchar. Yo les dije: lo que me gane es para comprarles su uniforme. Cuando vine me esperaban alegres y no traje nada. Más bien venía con hambre, cansada, sin plata… sin nada, porque me quitaron la venta». Todo esto lo cuenta mientras se dispone a echar más ropa a la lavadora.
«Cuando pasa eso» -dice Sandra, a quien la Policía Migratoria la ha detenido 3 veces-, «para volver a comenzar vamos a cobrar lo que nos deben».
Cada una de estas vendedoras tienen que pagar su libre circulación a los propietarios de los terrenos ubicados entre la frontera de Nicaragua y Costa Rica. En la primera casa le dan 10 córdobas a un ciudadano nicaragüense que desde las 5 de la madrugada hasta las 7 de la noche espera tanto a las vendedoras como a los indocumentados para cobrarles un «peaje» por atravesar su propiedad.
Para llegar a su destino tienen que pagar 3 «peajes» a 3 personas distintas. En la segunda parada, la cantidad es similar a la anterior. «A veces no le damos. El muchacho ya nos conoce y es tranquilo», dice Martha al acercarse al portón donde el joven espera recostado en una hamaca.
Ubicado adelante unos 300 metros, ya en territorio costarricense, está el tercer cobrador, mejor conocido como «el coyote mayor».
Este señor es el más llamativo de todos. Viste botas militares, pantalón y camisa azul, e incluso porta un arma de fuego. Además es el más estricto, cobra 20 córdobas por vendedora y 40 a los indocumentados. Con él sino pagan, no pasan.

El financiamiento
La inversión de estas vendedoras depende de los productos que venden. Por ejemplo, Urania dice que ella vende rosquillas, pinol, chicha, frutas, verduras, ropa y calzado y que por lo general invierte 300 córdobas, pero cuando tiene encargos puede invertir hasta 1 mil córdobas.
Todas las vendedoras afirman que en general a la inversión que hacen le sacan el doble en ganancias. La mayoría financia el negocio con fondos propios, pero algunas prestan en microfinancieras.
«El negocio lo financio con un préstamo en el banco. Comencé prestando mil córdobas, luego 2 mil y ahora 5 mil córdobas», indica Martha.
La familia qué piensa
El trabajo no es fácil, se trata de ir y venir de la zona fronteriza Costa Rica-Nicaragua constantemente, pero el rédito económico hace que valga la pena. Estas mujeres tienen un nivel de vida más digno, sin embargo, tiene otro costo.
«Mi vida ha cambiado mucho», asegura Luis Carlos Rodríguez, el hijo mayor de Martha. Según este joven, pasan «la mayor parte del tiempo solos. Ahora mis hermanos son [muy] inquietos», pero a su vez reconoce que le ha beneficiado el trabajo de su mamá.
«Me ha ayudado en mis estudios, cuando necesito pagar algo. Con todo lo que necesito», concluye.
«Cuando no tengo nada ella me ayuda. Desde que comenzó a trabajar la situación económica ha mejorado, ha comprado electrodomésticos que antes no teníamos» afirma Tatiana Mendoza hija de Sandra Mendoza.
Tanto a Luis Carlos como a Tatiana les gustaría que sus madres encuentren un trabajo en Nicaragua. «Para que tenga tiempo de cuidar a mis hermanitos y a ella misma», asegura Luis Carlos.
Mauricio Pérez, esposo de Sandra, reconoce los esfuerzos de su pareja «porque cuando me toca ver mis cultivos ella me ayuda con la alimentación, también cuando no tengo trabajo. Tenemos más facilidad de comprar algunas cosas y no falta la comida».
Desconocen negocio
En Rivas ninguna institución maneja el número exacto de mujeres que viajan a vender a Costa Rica. «Son más de 40 solo las vendedoras, y migrantes más de 100», dice un coyote que prefirió el anonimato.
Los propietarios de los terrenos son los que podrían saber con mayor precisión cuántas personas cruzan la frontera de manera ilegal, pero se negaron a brindar información.
«No, no, no. Eso es prohibido. Esta es una propiedad privada», gritó alterado uno de los propietarios al ser consultado por Conexiones sobre los «peajes».
En tanto, en la Alcaldía municipal de Tola, desconocen por completo la existencia de este grupo de mujeres de «El Palmar» que viajan a vender a Cota Rica.
«Para ser sincero la municipalidad no tiene conocimiento de eso […] no tenemos registro de ellas, quiénes ni cuántas son. Quizás en un futuro las apoyemos, sería interesante», aseguró Gilbert Grijalva, jefe de planificación y urbanismo de esta alcaldía.
La mejor temporada
El mes de diciembre es la mejor temporada para el negocio de estas mujeres, pero es también la más difícil, porque hay bastantes oficiales que llegan desde San José (la capital de Costa Rica), y se les dificulta evadirlos.
«Entonces, nos vamos a las 2 de la madrugada. Los riesgos se incrementan, nos puede picar una serpiente, nos pueden robar y cualquier cosa nos puede pasar», reflexiona Martha.
Todas estas mujeres afirman que continuarán este negocio hasta que su situación económica mejore y puedan instalar negocio para sobrevivir en Nicaragua. «Pienso seguir en esto hasta que Dios me de fuerzas, pero ahora que está [Laura] Chinchilla los policías, nos persiguen más que antes», expresa un poco preocupada Sandra.
La tarde está cayendo. El reloj marca las 4 en punto. En los potreros detrás de la aduana de Peñas Blancas, se observa un nutrido grupo de mujeres que con sus panas y sacos vacíos, pero con los bolsillos llenos regresan a sus hogares contentas porque podrán comprar alimentos para sus hogares.
Mientras conversan sobre la venta del día, dan gracias a Dios porque esta vez la policía migratoria no detuvo a nadie.
A escasos metros de la parada de buses en Peñas Blancas, Martha y sus 5 acompañantes se detienen en un riachuelo para lavarse los pies y los zapatos. A las 5:45 de la tarde llegan a Rivas, donde se dividen, una toma el bus a Carazo, otra un taxi a Belén, y otra se pierde en la calle del mercado de Rivas.
Martha junto a su hermana María toman un taxi a «El Palmar». Son casi las 7 de la noche. A Martha la esperan sus hijos muy contentos preguntándose qué les lleva su madre. Ella se recuesta. El martes tiene que volver a vender. Y la historia se volverá a repetir.

Costa Rica: Principal destino de migrantes
Se estima que 10% o más de la población nicaragüense vive fuera de Nicaragua, el principal destino de los migrantes es Costa Rica en un 69.9%, otros países centroamericanos 14.7%, Estados Unidos 13.2% y a otros países 2.2% según el informe «Estado de la situación de la migración y la salud sexual y reproductiva —incluido el VIH y el SIDA y la violencia basada en género— en jóvenes y mujeres migrantes» del Fondo de Población de Naciones Unidas.
Este mismo informe señala que «la frontera terrestre entre Nicaragua y Costa Rica, constituye una zona de transición para muchas personas migrantes».
Por otra parte, el informe «Corredor de remesas Costa Rica-Nicaragua» señala que del total de migrantes en Costa Rica, el 66.9% son mujeres.
Las principales razones por las que migran son: 48.3% por falta de fuentes de trabajo, 11.4% porque la remuneración era muy baja en su trabajo y 25.3% debido a razones de unificación familiar.
Hay que destacar que estas migraciones, representan una fuente de ingreso para sus familias que viven en Nicaragua. En el informe «Corredor de remesas Costa Rica-Nicaragua» se refleja que el flujo de remesas en Costa Rica mostró una recuperación entre abril y junio de este año.
Los envíos que salen hacia Nicaragua crecieron un 25% en comparación con el mismo período del año pasado.
Los nicaragüenses en este país enviaron a sus familiares 52 millones de dólares. Se calcula que un 40% de los hogares nicaragüenses están recibiendo remesas desde diversos países, se desconoce qué porcentaje de ellos recibe dinero desde Costa Rica.
Adicionalmente se señala que los hogares nicaragüenses receptores de remesas reciben en promedio 74.45 dólares por mes desde Costa Rica.
(Con la colaboración de Ivania Álvarez)
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