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09
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Sociedad

Salvando a las tortugas

Cristhian Ruiz

En las costas nicaragüenses llegan a desovar miles de tortugas. Todas se encuentran en peligro de extinción. Muchos depredadores —entre ellos humanos— intentan captutarlas.

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Fotos: Cortesía de Universidad nacional Agraria

 

Tres buses, muchos bolsos, una que otra mochila. Todo avisaba un número grande de vigilantes voluntarios. No estaba claro a las ocho de la mañana quiénes irían a resguardar el desove de tortugas. En el mismo sábado ocurrían eventos deportivos y culturales en varias ciudades. Y un grupo de voluntarios de la Universidad Nacional Agraria (UNA) estaban dispuestos a aventurarse.


Las caras reflejaban nervios, ansiedad, hambre, desvelo y desde luego las caminatas cortas y repetitivas le daban un toque de entusiasmo a cada grupo. Llegaba así la profesora encargada de dirigir «el barco». Una señora de estatura baja, efusiva, hiperactiva  y con un sentido del humor invencible.


Del lado este se enlistaron todos los estudiante de Ingeniería en Recursos Naturales, designados para una misión en el sur del país. Mientras tanto deportistas, bailarines, cantantes llenaban dos buses con bolsos, pelotas, y con gritos de llamado o acaso de emoción. 


Daban las ocho y diez de la mañana y llegaba la hoja dónde la profesora tomaría asistencia. Ya en el bus y sin demoras, se plantearon las reglas para las siguientes 36 horas, las cuales incluían un tour con paradas momentáneas, ideadas para quitar peso a las horas de viaje en bus. El destino no cambio, ni la misión: vigilar los huevos de tortuga en playa La Flor.


A la carga
La marcha iniciaba. El bus, mitad estudiantes y docentes, mitad comida y bebidas. Algunas cabezas no resistían las ganas de reposar sobre el respaldar del asiento, otras eligieron el vidrio de la ventana.


Pláticas en voz baja, algunos estudiantes llenos de energía recorrían el bus de cabo a rabo. Todo era emoción a la altura de la salida norte de la capital.


Llegábamos a Tipitapa y la calma engañosa de la ciudad no daba pistas de cambio alguno. Los bares sobre el camino reflejaban también el desvelo. El desorden lo representaba la basura en sus aceras. Las casas, apenas despertaban y las paradas ya estaban abandonadas, pues en Tipitapa quienes madrugan van hacia la zona franca o a los mercados de Managua a otra jornada de trabajo.


Así el recorrido de vigilantes dejaba la urbe, para transitar el tramo verdoso y maloliente que separa a Tipitapa de Masaya. Para entonces los ánimos estaban concentrados en conversaciones de grupos pequeños, dormir o escuchar música.


Masaya daba una bienvenida dorada, como si la belleza del amanecer no quisiera dejarla del todo. El comercio de frutas despertaba, y se situaba en las paradas ya conocidas: Texaco, el Mercado y así hasta cubrir la ciudad.


Dejar Masaya nos llevaba al tramo más lejano del viaje, el cual nos llevaría a San Juan del Sur, donde aguardaba un corto descanso para el conductor, quien estaba advertido del difícil camino desde esa ciudad hasta playa La Flor.


Terminada la corta visita, dejábamos San Juan. El destino se acercaba y el encuentro con la vida silvestre se volvía más inminente.


Más cerca
Ya sobre la ruta a playa La Flor el camino estaba marcado por las huellas de lluvias caídas dos semanas antes. Era imposible acelerar la marcha. Tomar un descanso y dormir no tenía lugar, los movimientos bruscos del bus de lado a lado lo impedía.


Fueron dos horas de tramos inclinados, ríos sobre la marcha, retenes, adoquines dañados, lodo, ramas de árboles caídas hasta el suelo y desde luego las gallinas fuera de las casas en busca de algún alimento vivo o muerto.


Llegábamos. La estrecha entrada ocupó por unos minutos al conductor, quien se ingenio las mejores opciones para introducir el vehículo al camino fangoso e impredecible de 15 metros hasta la cabaña donde nos esperaban.


El saludo de protocolo iniciaba y terminaba rápidamente. Los oficiales del Ejército de Nicaragua tomaron distancia del grupo desde el inicio. Los guardaparques tomaron una actitud distinta y de inmediato dieron la bienvenida al tiempo de ofrecer su ayuda incondicionalmente.


Estos personajes hablaron un momento a solas con la profesora guía y de inmediato reunieron a todo el grupo para detallar la agenda y brindar información de referencia antes de iniciar la jornada de vigilancia, pues las cinco de la tarde se acercaban a prisa y la expedición entera necesitaba comer y prepararse para la tarea.


Iniciaba la tarea
Marlón Lainez es el líder del grupo de guardaparques enviados por el Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales (Marena) al sitio. Empezó por ubicar al grupo con las dimensiones del lugar. «La Reserva de Biósfera La Flor está compuesta por ocho hectáreas en total, el lado de la playa tiene tres millas naúticas mar adentro y en costa tenemos 1 800 metros de longitud», inició explicando.


Sobre la marcha el interés por conocer la vida en La Flor en general era  alrededor del tema:  desove. Pero fue oportuna la intervención de la profesora al pedirle al instructor información en general sobre las especies. El grupo se enfocó en escuchar la charla.


«Es preciso saber que a La Flor la visitan tortugas paslama en su mayoría, pero también recibimos a tortugas tora, las cuales llegan en menor cantidad», continuó. La temporada de desove en el sitio tiene sus variantes en cuánto al número de tortugas acentadas en la costa. De mayo a septiembre es temporada alta.


Llegábamos en temporada baja. Eso desde el inicio avisaba menos posibilidades de apreciar el espectáculo de ver salir los huevos a un ritmo increíble. A la vez de apreciar las maniobras del animal en la arena tanto para desplazarse como para convertirse en camuflaje para sus potenciales crías.


Cada tortuga pasmala puede depositar 95 huevos en promedio cada vez que decide desovar, pues valora antes las condiciones para depositar, pero si en su entorno encuentra peligro e intranquilidad es capaz de regresar al mar y buscar otra costa. Aunque se sabe que siempre el animal regresa a la misma costa donde nació y cuando se considera fuera de peligro.


Cuando la temporada es alta la cantidad de tortugas en la arena dispuestas a desovar llega a 50 mil. Ese dato, al pasar por una operación matemática con la cantidad de huevos por tortuga se convierte en el motivo del problema que nos ocupaba esa ocasión: el robo indiscriminado de huevos para comercializarlo en todo el país.


«Una de cada cien llega a la edad adulta, es decir, uno por ciento», fueron las palabras de Lainez para referirse a las probabilidades de vida de los tortuguillos cuando superan el período de eclosión, es decir, cuando rompen el cascarón del huevo para salir al ambiente.


Los causantes de la desproporción expuesta por Lainez son en parte necesarios para el ciclo del ecosistema, pero en los últimos años han sido los ladrones quienes tienen mayor incidencia en ese uno por ciento.


Los depredadores están al asecho de los tortuguillos, pero quienes roban los huevos no permiten siquiera el desarrollo de la cría.
Así terminaba la charla inicial en La Flor. El grupo empezó a dividirse para realizar las tareas ante la inminente llegada de la noche, un momento preferido por los ladrones para saquear los depósitos.

 


El momento se acercaba
La oscuridad decía presente y con ella un visitante conocida y con quien era preciso lidiar: el hambre. Tres de los integrantes asegurarían la primera porción de comida para el grupo. El resto de se dedicaría a una actividad hecha rigurosamente a diario por los guardaparques: limpiar la costa.


Todo los días llegan cantidades grandes de troncos a las arenas de La Flor, traidos por las olas hasta ubicarse cerca del bosque seco ubicado al oeste de la cabaña o al de tamarindo y mangle ubicado al oriente de la misma.


La misión: recoger los trozos de árboles dispersos y ubicarlos en un punto de la costa para luego servir de leña a las familias de los guardabosques. Fueron 60 minutos de arrastre, carga y depósito de madera húmeda o seca, podrida o carcomida por las termitas. La costa no estaba totalmente limpia y las seis de la tarde impedían ver más troncos en la arena.


La limpieza se suspendía. La comida aún era un proceso. Nadar fue el primer argumento entre algunos del grupo para soportar el tiempo de espera, pues regresar a la cabaña sería encarar la guerra declarada por los zancudos, los cuales creyeron tener el festín  en sus manos y su ataque no esperó.


Llegaba la cena. Era un reunión impulsada por el hambre y ahora por otra visita inesperada: la lluvia. Anunció su llegada con el sonido lejano de los relámpagos en altamar. Al final las gotas empezaron a cubrir todo el terreno alrededor de la cabaña.


La hora de la verdad
Era hora de planear las rondas de vigilancia y los comentarios entre guardacostas empezaban a surgir, narrados con un tinte de leyenda urbana donde el denominador común era «cuídense porque esos tipos están armados y en la oscuridad no se sabe dónde te darán», para referirse a los «hueveros» como son llamados los ladrones de huevos.


La lluvia provocó un retraso y era necesario reunirse para replantearse las rondas. Serían tres etapas de cuatro horas cada una. El primer grupo iría de las siete de la noche a las diez, sin retornar a la cabaña.


Pero antes y para quienes desconocíamos de qué se trataba la tarea algunas explicaciones.


«Serán tres grupos con un guardaparques distintos a lo largo de la noche. No es permitido usar lámparas o focos blancos y entonces se cubrirán con plástico rojo aquellos con ese color. El flash de la cámara es prohibido», retomó Lainez antes de salir.


Las medidas son de precaución porque «los hueveros» generalmente recorren las laderas cercanas a la costa para luego cruzar los bosques y lo hacen con la ayuda de linternas blancas. Los oficiales del Ejército tienen la orden de disparar a discreción cuando una luz así aparece.


¿Por qué? Antes de la llegada del grupo a La Flor ocurrió una tragedia que sentó precedentes: un oficial de la armada fue asesinado mientras vigilaba la costa desde el interior del bosque seco. Su fusil desapareció y desde entonces el Ejército tomó medidas sobre el caso, informó William, uno de los guarda bosques en La Flor.


El inicio del fin
Eran las ocho de la noche. La lluvia detuvo su fuerza, no sin antes fundir el televisor de los guardaparques, quienes disfrutaban la final del béisbol de Grandes Ligas. Quienes supieron del hecho se sorprendieron y no salían de su incertidumbre. Otros temieron más al inicio de las rondas. La hora de la verdad había llegado.


Con lámparas y focos listos el primer grupo se alejó de la cabaña rumbo a la costa, pues era sabido que aunque lloviera «los hueveros»  no perderían tiempo y las tortugas no se detendrían una vez en la costa.


Los zancudos se multiplicaban por mil cada minuto y las hamacas fueron atadas en los postes alrededor de la cabaña. Unas frente a otras para formar grupos y empezar tertulias mientras llegaba el próximo turno y ceder el lugar de descanso a los primeros.


Nueve y media de la noche. La lluvia cobraba fuerza y el paisaje se tornaba blanco cada dos minutos en La Flor. Los relámpagos habían dejado altamar y se posaron en la costa. Diez minutos después el primer grupo regresaba. La tarea debía suspenderse debido a la falta de capotes o sombrillas para evadir la lluvia y realizar sin problemas la ronda.


El temporal se extendería hasta las diez y media de la noche. El ambiente era de sueño, frío, caras tristes, humo de cigarro y las manos se mantenían ocupadas en la comezón provocada por los zancudos y los movimientos para alejarlos en una oscuridad a medias.


La lluvia nos permitiría seguir. A quince minutos de las once de la noche salía el segundo grupo hacia la costa, en el cual me involucré.
Los primeros vigilantes no lograron ver la llegada de una tortuga. El segundo grupo comentaba las posibilidades de encontrar alguna y ver el desove. El entusiasmo se posó sobre todos.


Llegamos a la costa. La arena tomaba un tono blanco y señalaba el límite hasta las aguas del océano. Las olas con fluorescentes chocaban la arena y provocaban ese sonido típico de arrastre.


William, el guía del grupo, nos dirigió primero hacia el lado oeste de la costa y ubicaba su foco hacía el bosque y en ocasiones paseaba la luz en la arena.


Los nervios atacaron cuando levantó su dedo índice y mientras señalaba al grupo de árboles advirtió: «...ahí se esconden y están preparados para hacer cualquier cosa con tal de robarse los huevos. Ahorita no creo que lo hagan porque no hay tortugas en la costa, pero en temporada alta ya nos hubieran atacado».


Seguimos. El punto de retorno era el risco salido en forma de proa en la parte última del occidente costero. Regresamos. La caminata sería en esta ocasión hasta la bocana ubicada en el extremo este de la costa.


Los focos siempre hacia el lado boscoso, y en ocasiones de lado a lado en la arena. Surgieron tertulias y mofas de cualquier cosa entre el grupo. Los nervios atacaron con fuerza.

 


El éxtasis
Y de pronto un movimiento rápido de William junto a un «allá» silenció las voces y quedamos por un momento inmóviles. De inmediato seguimos al guardaparques cuando gritó «allá va una».


Llegamos a las huellas, eran literalmente como las dejadas por un tractor cuando pasa su llantas posteriores y de mayor tamaño sobre tierra húmeda. Las responsables de esta coincidencia son las aletas, pues al desplazarse las tortugas mueven dichos miembros de adelante hacia atrás y sumado a la posición en su cuerpo. La similitud es inevitable.


Las marcas se internaban en el bosque. Las seguimos. Al final encontramos una desafortunada realidad, la tortuga no decidió desovar en el sitio. Inició su regreso al mar dos metros más hacia el este. Había huellas de regreso a las aguas. Los ánimos bajaron.


Cuando estos animales escuchan voces cercanas creen estar amenazadas y las pláticas en el grupo sumaban varias a la vez, entonces era imposible que la tortuga empezara el desove en condiciones como esas, explicó William.


Resignados ya, terminamos el recorrido hacia el oriente para iniciar nuevamente con el rumbo inicial. Era preciso terminar el tiempo de vigilancia. Llegábamos a las 2 de la mañana.


Era momento de ceder el turno a los próximos vigilantes, quienes cuatro horas después regresaban sin novedades.


El amanecer tocaba las puertas. Los dormidos en las hamacas abandonaban la siesta y los preparativos para el desayuno de despedida empezaban. Se había cumplido, pero las insatisfacción nacía entre el grupo por no poder observar a la tortuga mientras deposita sus huevos.


Los guardabosques agradecieron mucho la visita y las rondas de vigilancia, pues consideran que siempre serán bienvenidas, porque con los 800 mil córdobas de presupuesto para maniobrar no es suficiente.


Comentarios - 3

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  • 1 | Diana - 19-12-2011 - 17:00:31h
    Excelente documental. Es bueno que hagan este tipo de llamado para que todos tomemos conciencia y ademas no solo una especie hay que salvar, sino muchas pero es deber de todos colaborar!!!
  • 2 | Darling Moreno - 12-12-2011 - 09:22:25h
    Pienso que deberían de reforzar a los guardabosques, ya que la labor que están haciendo es digna de admirar y debería de incluirse en el presupuesto del gobierno o de la institución MARENA la seguridad de estas Playas y otras que brindan hospitalidad a estas especies en peligro de extinción.
  • 3 | Cristopher Wallace - 12-12-2011 - 09:16:35h
    Acciones como estas se deberían de hacer más a menudo, ya que es una injusticia lo que se hace con estos animales, deberían de reformar leyes que puedan proteger a estos animales y al mismo tiempo poner a juicio a las personas que le están dando fin a la existencia de esta especie.
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