
Managua, seis de la mañana. El piloto se dispone a encender los motores de su avioneta. Está a punto de emprender una misión de vida o muerte. La travesía no será fácil, arrecia la lluvia, las nubes son densas. El cargamento abordo es muy valioso. Oro rojo. El destino: la costa Atlántica.
Esta escena se repite una vez a la semana en varios puntos de Nicaragua. Ese avión va cargado de sangre, un elemento indispensable para salvar innumerables vidas a través de transfusiones. En la Costa Atlántica no existen centros que puedan procesar productos sanguíneos, por eso una avioneta debe repartir la sangre almacenada en Managua y Estelí.
El Servicio Nacional de Sangre de Cruz Roja Nicaragüense estima y cubre desde sus instalaciones en esas dos ciudades las necesidades a lo largo y ancho del país. Esa centralización permite que siempre haya sangre disponible donde hace más falta, y que no se desperdicie ni una gota.
A pesar de que América Latina dispone apenas de una tercera parte de las reservas de sangre que la región necesitaría, en 2005 se desecharon más de 300 mil litros por caducidad. De hecho, puede suceder que una persona muera esperando una transfusión mientras a pocos kilómetros otro hospital está tirando sangre. El problema en esos lugares es que cada hospital regula su propia reserva y no existe conexión con otros centros con el fin de crear una red de ayuda mutua.
También era así en Nicaragua hasta que en 2005 se pensó que era necesario remodelar por completo el sistema. Fue entonces cuando el Ministerio de Salud (MINSA) cedió a Cruz Roja la exclusividad de la gestión de sangre. El primer objetivo fue concentrarla toda en la capital y distribuirla desde allí. Pero dado que Managua es zona sísmica, se consideró que era una buena idea abrir un segundo centro en Estelí.
Entre hora y hora y media tardará la avioneta en llegar a su destino. Un pájaro blanco y verde que extiende sus alas de hierro en el cielo. A sus pies se extienden las plantaciones de café. Desafía su vuelo la cordillera volcánica. Los violines de la bruma saludan al sol que nace. Atrás va quedando el infinito Pacífico. La preciada carga, el oro rojo, se mantiene durante la travesía en termos helados.
¿Por qué concentrar toda la sangre en tan sólo dos centros? La respuesta se la dio a La Brújula el doctor René Berrios, director del Servicio Nacional de Sangre de la Cruz Roja: “La tecnología punta que se necesita para procesar sangre es muy cara. La producción a gran escala abarata los costos y mejora en control de calidad”.
Nicaragua dispone de un sistema de gestión de sangre tan desarrollado como los de Europa y Estados Unidos, y no solo en cuestión de centralización del sistema. También en lo que se refiere al tipo de donantes. Es uno de los pocos lugares de América Latina donde todas las personas que acuden a donar sangre lo hacen de forma altruista, es decir, su motivación no es que un familiar o amigo directo necesite reponer la sangre que le ha sido transfundida, o porque esperen dinero a cambio.
La donación altruista es una excepción en el continente. En la mayoría de países de la región el sistema aún funciona por reposición, esto es, una persona que vaya a necesitar sangre en una operación debe reponerla por medio de donaciones de amigos y familiares.
La donación por reposición conlleva varios problemas. Por una parte, es muy difícil saber cuánta sangre va a haber disponible a largo plazo. Para que un sistema de salud pueda funcionar bien, es necesario que haya abundantes reservas de sangre para emergencias así como para operaciones que implican perdida de este fluido y para tratamiento de enfermedades. Por otra parte, la donación de reposición abre la puerta al comercio de sangre ya que una persona que no tenga el número suficiente de amigos y familiares puede verse obligada a recurrir a personas que cobren por donar.
El problema es que, tal y como advierte la Organización Panamericana de la Salud (OPS), es común que los donantes remunerados mientan acerca de sus hábitos de vida. Esto es muy peligroso porque hay virus que pasan desapercibidos en los primeros estadios del contagio. De hecho, las cifras de las que dispone la OPS demuestran que los contagios son más comunes cuando la sangre no proviene de donantes altruistas.
El aterrizaje no siempre es fácil. Inmenso se aparece el océano Atlántico en el horizonte. No todas las pistas están asfaltadas, algunas son de arena. Cada semana, a pesar de todo, “La Costeña” cumple su misión llevando el oro rojo a su destino.
En tan sólo 5 años, Nicaragua ha conseguido desarrollar un sistema eficiente y de calidad con recursos relativamente pequeños (poco más de 6 millones de dólares procedentes de un donativo de Luxemburgo, lo que equivaldría a un poco más de un dólar por persona residente en el país). Con ese dinero se adquirió la tecnología necesaria para procesar sangre y pudieron organizarse campañas de concienciación.
Pero ni todo el dinero del mundo serviría sin una buena gestión. El acuerdo que firmaron el MINSA y la Cruz Roja en 2005 fue clave porque permitió que fuera una sola la institución que gestionaría la sangre en todo el país.
Además de las económicas e institucionales, había aún otra barrera que salvar: la psicológica. Y es que existen numerosos prejuicios sobre la donación de sangre, como por ejemplo, que engorda o que es malo para la salud del donante. También había médicos que no acababan de estar muy convencidos con algunas de los cambios que implicó la nueva tecnología disponible. Por ejemplo, la posibilidad de separar la sangre en componentes para dar a cada persona el tipo de transfusión que le hace falta no fue bien vista por algunos médicos. Otros no querían dejar de disponer de un pequeño banco de sangre en su hospital.
De todo el proceso, lo más importante es contar con las casi 70 mil personas que anualmente acuden a donar en Nicaragua. Sin ellas, miles de personas morirían desangradas o anémicas. Pero aún hacen falta más. Son muchas las personas cuya vida puede depender de una transfusión: accidentados, parturientas, enfermos de cáncer, afectados por anemias crónicas etc.… Por eso se siguen convocando donantes en universidades, empresas y fábricas, no importa dónde pues la sangre puede colectarse en cualquier lugar a través de unidades móviles.
La misión aún no ha terminado. El viaje continúa. Seguirá viajando el oro rojo. En termos helados. En coche. Como sea. Llegará a las venas de una persona pronto. El viaje continúa y continuará. Son muchas las vidas que están en juego.
La primera donación
El receptor de la primera transfusión de sangre exitosa de la que se tiene noticia fue un perro. Este paso clave en la historia de la medicina lo daba el médico inglés Richard Lower en 1665.
La sangre de la primera transfusión a un ser humano procedía de un cordero. El paciente, un muchacho consumido por una larga enfermedad, se recuperó tras la operación. Este éxito le dio al médico responsable, el francés Jean Denys, el impulso para continuar con sus experimentos. El propio Denys favorecía el uso de sangre animal por considerar que esta “carecía del vicio y la pasión” que se encuentran en el ser humano. En 1668, un paciente de Denys murió tras una transfusión. Su viuda le llevó a juicio y tras 10 años de batalla legal, un jurado dictaminó que transfundir sangre a un ser humano era en Francia un acto criminal. Londres y Roma adoptaron pronto medidas similares.
La primera transfusión de sangre de humano a humano tuvo lugar en 1818. El obstetra británico James Blundell había observado como muchas de sus pacientes morían desangradas al dar a luz y pensó en la transfusión como un posible remedio. Utilizando una jeringuilla, aplicó esta técnica a un hombre aquejado de una hemorragia interna. El paciente murió 56 horas más tarde pero Blundell no se dio por vencido y continuó experimentando. Algún tiempo después, conseguía salvarle la vida a una parturienta que había perdido abundante sangre al dar a luz. La sangre fue transfundida directamente desde el brazo de su marido.
A finales del siglo XIX, la leche se convirtió en una alternativa a la hora de realizar transfusiones. Entre 1873 y 1880 era común que en Estados Unidos leche de vaca y cabra fuera transfundida a seres humanos. El alto número de transfusiones de sangre fallidas llevó a muchos a pensar que la leche era una opción más adecuada y segura. ¡Hubo incluso quien predijo que la leche reemplazaría a la sangre en este tipo de operaciones!
El motivo por el cual tantas transfusiones resultaban fallidas era que se desconocía la existencia de diferentes grupos sanguíneos.
Fue en 1901 cuando el austríaco Karl Landsteiner hizo público su descubrimiento de los grupos A, B y C (este último fue luego rebautizado como O). El grupo AB, menos frecuente que los otros tres, sería descubierto un año más tarde. Para el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914, la técnica había sido perfeccionada y las transfusiones de sangre se habían convertido en un procedimiento simple y rutinario.
¿Cómo funciona un banco de sangre?
En un mundo de vampiros, este sería el paraíso: una cámara llena de sangre lista para usar. En la vida real, es un elemento clave para la supervivencia de muchas personas.
Su misión es convertir la sangre del donante en un producto apto para el receptor. Por una parte, es muy importante que se lleven a cabo pruebas y análisis para determinar el grupo sanguíneo de cada muestra y para garantizar que no existe riesgo de contagio de virus como el del sida o la hepatitis.
Por otro lado, se encarga de dividir la sangre en diferentes productos. Este proceso requiere de una centrifugadora que separe los componentes. La sangre se introduce en esta máquina y se agita a gran velocidad. Los glóbulos rojos son los que pesan más, por eso quedan en la periferia. El plasma es la parte menos densa, por lo que queda en el centro. Las plaquetas quedan entre los otros dos componentes.
Por último, es muy importante que cada producto sanguíneo se almacene debidamente para garantizar su calidad. Los glóbulos rojos en neveras (a unos cuatro grados centígrados) y el plasma en congeladores.
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