Periodistas de todas partes del mundo están llegando a Haití para informar sobre el devastador terremoto que el pasado martes destruyera buena parte de la capital, Puerto Príncipe, causando decenas de miles de muertos. Pero antes de esta nueva tragedia, sólo una agencia de noticias mantenía a un corresponsal permanente en la capital haitiana. Este es, en una traducción libre, su testimonio personal de los acontecimientos.
Pétionville, Haití (AP) - Estaba sentado en mi cama, navegando por Internet cuando noté el silencio, seguido por un sonido extraño, similar a un quejido. Primero creí que era un camión de agua que pasaba. Pero luego pensé: que extraño, suena más como un terremoto. 
La casa empezó a temblar. Y después, realmente comenzó a temblar. Salí de mi habitación lentamente, de rodillas sobre el suelo ondulado, con la laptop en la mano, mientras las ventanas, el arte haitiano que había coleccionado durante los últimos dos años, y una foto de mi abuelo, se estrellaban en el suelo a mi alrededor.
No resulté herido. Pero no sólo eso, la escalera de la casa donde vivo y trabajo, si bien completamente invisible detrás de una asfixiante nube blanca de yeso y el polvo, también seguía en pie.
Grité buscando a Evens, el "cachimber" / conductor / traductor / y guardaespaldas de la AP.
Y para mi sorpresa y alegría, él respondió:''Vamos''.
Salí. Descalzo, sobre las rocas, pasando al lado de una abertura en el suelo del tamaño de la casa, en ropa interior, primero para buscar un teléfono y avisar de lo que había sucedido, y luego, en medio de las réplicas, de regreso a la casa para buscar mis zapatos y un par de pantalones.
Desde entonces ha sido casi imposible obtener señal de Internet o de teléfono. Así que que sólo puedo especular, aunque con bastante fundamento, que muchos informes de la destrucción de Port-au-Prince seguramente incluyen una frase del tipo ''Haití no es ajeno al sufrimiento.''
Después del terremoto de 7 grados de magnitud del martes, que destruyó gran parte de la capital de Haití y seguramente dejó decenas de miles de muertos, decir eso es a la vez una subestimación y una exageración.
Efectivamente, Haití no es ajeno al sufrimiento. Para la mayoría de la gente de aquí, la tragedia es más común que el almuerzo. Y sin embargo, esta nación nunca se había enfrentado a nada de una escala tan catastrófica.
Menos de dos años atrás, la cuarta ciudad más grande del país, Gonaives, fue sepultada bajo el agua por una tormenta tropical que apenas habría interrumpido el tráfico en Miami.
Cuando nuestro fotógrafo y yo llegamos ahí en una balsa de los soldados brasileños, pasamos a la orilla de cadáveres que flotaban en medio la calle. Era la tercera de cuatro tormentas que habían afectado al país en menos de un mes.
A penas dos meses más tarde, una escuela se cayó en el barrio de mansiones y chabolas de Petionville, y cerca de 100 personas murieron. La primera señal de la tragedia fue un ruido que sonaba como sirenas y que provenía de más allá de la colina. Eran las voces de los padres que gritaban su dolor.
Aquí, pasar a la orilla de un cadáver en las calles, después de otra tormenta u otro golpe político, genera poco más que un comentario acerca de si se cubrió o no correctamente el rostro de la víctima.
Y ahora tenemos que tratar de entender cómo es que semejante historia de dolor palidece al lado de la devastación causada por una sacudida de entre 15 a 20 segundos en una tarde de enero.
Detrás de la casa de AP, ahora dividida en dos partes, está el mismo barrio de tugurios donde se alzaba la escuela que hace dos años entró en nuestras pesadillas. Pero esta vez todos los edificios se derrumbaron. La nube blanca que rasca mis pulmones está colgada en el horizonte. Y los gritos fueron como un trueno en seco.
La ciudad es una ruina. Hay poco combustible, alimentos y agua. Las madres han perdido a sus hijos. Los niños han perdido a sus familias. Vecindarios enteros están durmiendo en las calles. La gente camina kilómetros subiendo y bajando montañas, cargando todo lo que tienen, sin un lugar a donde ir.
Y eso es lo nuevo. Tal vez han visto las fotos del Palacio Nacional, derrumbado encima de la hierba del Campo de Marte. O de las torres gemelas del complejo donde estaba la catedral Notre Dame d'Haití, que se cobró la vida del arzobispo. O del Parlamento donde el pasado miércoles aún estaba atrapado el presidente del Senado.
Imagínense si practicamente todas las instituciones que han conocido en su vida - defectuosas, pero al fin de cuentas las únicas - desaparecieran todas a la vez.
En una vida en la que la siguiente comida es algo incierto, donde la próxima lluvia puede reclamar su casa, en la que las próximas elecciones pueden ocurrir o no - donde eso es lo normal, piensen en lo que significa que todas esas instituciones yazcan colapsadas a su alrededor.
Y que al mismo tiempo hayan perdido a alguien, tal vez a muchos, seres queridos.
La casa de AP, un pie de página en medio de la devastación, es un desorden inhabitable al borde del colapso. Una ciudad entera está gritando por ayuda. Por fin me he conectado a Internet el tiempo suficiente para ver que algunas de esas llamadas serán contestadas, por lo menos de alguna manera.
Pero, ¿qué pasará después que esa ayuda, como tantas otras aquí, haya desaparecido? ¿Habrá un después?
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